Ushuaia 02 de febrero 2026.- En los últimos días, en Tierra del Fuego, dos hechos distintos comenzaron a ser presentados como si formaran parte de una misma trama: la intervención del gobierno nacional sobre el Puerto de Ushuaia y la llegada a la ciudad de un avión oficial de Estados Unidos con legisladores norteamericanos a bordo (algunos más osados sumaron también a esta cadena la llegada de un pastor evangelista a la ciudad de Ushuaia). Desde el gobierno provincial, y amplificado por algunos medios afines, esa yuxtaposición fue narrada como algo más que una coincidencia: como el indicio de un plan mayor, oscuro y deliberadamente oculto. Me encontré en un par de tuits sobre este tema con Gonzalo B. Zamora y escribimos lo que sigue:

El problema no es la discusión sobre la intervención del puerto, ni la presencia de actores extranjeros en la provincia, que puede y debe ser analizada en clave política. El problema aparece cuando ambos hechos se fuerzan dentro de un mismo relato, sin evidencia que los vincule, para construir una explicación que descansa más en la sospecha que en los datos.

Conviene, entonces, precisar de qué hablamos cuando hablamos de una conspiración. Una conspiración no es una intuición ni una cadena de insinuaciones: es una acción colectiva clandestina, planificada y deliberada, mediante la cual dos o más actores coordinan en secreto para alterar decisiones, procesos o percepciones públicas con un objetivo concreto. Supone organización, coherencia, control de la información y una capacidad operativa sostenida en el tiempo. Nada de eso se deduce de la simple coexistencia de dos hechos en una misma coyuntura.

Otra cosa muy distinta es lo que puede llamarse conspiranoia. No describe una conspiración real, sino una lógica interpretativa que tiende a conectar hechos heterogéneos bajo la idea de una trama oculta omnipresente. En ese registro, los datos dejan de ser evidencia y pasan a funcionar como indicios; las coincidencias se transforman en pruebas; y cualquier desmentida es leída como confirmación de que “algo se quiere tapar”. La conspiranoia no necesita planificación ni actores claramente identificables: le alcanza con una narrativa sugerente y con un clima de sospecha permanente. El relato impulsado por el oficialismo encaja con precisión en ese esquema. Se sospecha que la intervención del Puerto de Ushuaia y la presencia de legisladores norteamericanos forman parte de una avanzada geopolítica coordinada. La conexión entre ambos planos no se demuestra: se insinúa. Y esa insinuación cumple una función política clara.

El problema es que los datos disponibles desarman esa sospecha. Según explicó el secretario de Relaciones Internacionales del propio Gobierno, Andrés Dachary, al ser consultado sobre la existencia de “algún tipo de contacto” con autoridades norteamericanas, hace aproximadamente un mes el Ejecutivo provincial había sido informado sobre la posible visita de una delegación de ese país a Tierra del Fuego, en una dinámica similar a la de años anteriores. En la misma línea, el coordinador de Relaciones Internacionales de la UNTDF, Pablo Fontana, indicó que a comienzos de enero fueron contactados para organizar un encuentro con los parlamentarios extranjeros. A ello se suma el trabajo periodístico que permitió establecer que también existieron contactos con autoridades del CADIC, aunque finalmente solo algunos investigadores participaron del encuentro “a título personal”.

Con el paso de las horas, además, trascendió que la delegación —que arribó acompañada por un número llamativo de familiares— aprovechó su estadía para realizar actividades turísticas, con visitas al Parque Nacional, paseos en catamarán y experiencias gastronómicas en distintos puntos de la ciudad, entre ellos la cabaña “Casa de Té”.

El conspiracionismo suele apoyarse en una contradicción difícil de sostener. Los mismos actores a los que se acusa de maldad intrínseca, incompetencia, improvisación o torpeza para gobernar son presentados, al mismo tiempo, como estrategas brillantes capaces de ejecutar en silencio un plan internacional de enorme complejidad. Una contradicción difícil de sostener.

Por otro lado, pensar que decisiones geopolíticas de alto impacto se definen a partir de mecanismos como los que denuncian desde algunos lugares es desconocer cómo opera la política internacional real.

Hay otro elemento que suele quedar fuera del análisis cuando domina el ruido y que el relato conspiranoico omite deliberadamente. La Argentina, nos guste o no, modificó de manera drástica su política exterior. El alineamiento con Estados Unidos es explícito y declarado. No hay sutilezas ni dobles discursos. En ese contexto, es lógico que aumenten los contactos, los vuelos y la presencia de actores norteamericanos en distintas partes del país. No es una conspiración, es una consecuencia directa de una decisión política que se tomó de cara a la sociedad. Antes venían delegaciones de otros países, con otros climas ideológicos y otros objetivos. Hoy el péndulo se movió hacia el extremo opuesto. 

Nada de esto implica que la intervención del puerto no deba ser discutida, ni que el alineamiento internacional esté exento de críticas. Todo lo contrario. Pero una cosa es el debate político y otra muy distinta es construir un clima de sospecha y amenaza permanente a partir de asociaciones forzadas.

Cuando se opta por la conspiranoia como marco explicativo, se abandona el terreno del análisis para ingresar en el del relato interesado. El efecto más problemático de este tipo de relatos no es el ruido coyuntural, sino el daño estructural que producen. Cuando todo se presenta como una avanzada encubierta, se pierde la capacidad de distinguir lo verdaderamente relevante.

Mientras se agitan fantasmas geopolíticos, decisiones económicas concretas avanzan sin el mismo nivel de escrutinio público. De hecho, en los mismos días en que se denunciaban supuestas tramas ocultas, se conoció que la IGJ habilitó a una empresa de capitales chinos a operar en Tierra del Fuego en el ámbito de la energía eléctrica e hidrocarburífera. Un dato real, verificable y de impacto estructural, que pasó casi sin debate. 

No se trata de negar tensiones ni de minimizar conflictos. Se trata de entender que la política y el periodismo se degradan cuando reemplazan el análisis por la sospecha, y el debate por la insinuación. La conspiranoia puede servir para construir relatos funcionales y ordenar lealtades, pero empobrece el debate público y vuelve opaca la comprensión de los procesos reales que están en juego.